PRÓLOGO

Cuando en la XVII Bienal de Flamenco escribíamos cómo Julián Estrada “está en la antítesis de la sinrazón y como pontanés ilustre no se mueve en el terreno de la pro- babilidad, sino que utiliza el concepto de validez para la ejecución”, no nos costó en absoluto concluir que estaba “contribuyendo con su triunfo insultante a la verdad que Puente Genil viene propugnando a lo largo del tiempo”.

Tres años y algunos meses después, lo que antecede for- ma ya parte de su condición amenca, pues si su sonido ha ganado pujanza, expansión y presencia, frasea con decoro y gusto pero no aprovecha el cante para hacer fuegos arti ciales, sino que el equilibrio y la consisten- cia constructiva de su nueva propuesta invita a la seria re exión sobre cómo abordar con personalidad las sono- ridades originalidades, a más de imaginarnos las fuentes donde bebió y atribuirles a éstas un carácter simbólico.

No es extraño, pues, que de ese poso surjan los ele- mentos caracterizadores de Naturaleza amenca, que lo mismo pone a Andalucía en los fundamentos evocadores de El Chino y Jiménez Rejano, que viaja en el compás ternario del verdial desde la lucentina Plaza de la Barrera a la taberna pontanesa de Perico Lavado. Nos estimula con el aliento de las seguiriyas portuenses a ritmo, como lo hiciera Félix el Potajón, y si instala en el regazo de nuestros oídos la dulce profundidad de la malagueña de Chacón, nos hace sentir diversas emociones en La Pla- zuela alcalareña por soleá.

Pero Julián Estrada también saca a la luz cantes que es- tán ligados a nuestra alma, como las bulerías que arran- can en Lebrija, u otros que nos acompañan vida tras vida

pero que él los caracteriza en dos tipos, los de efecto calmante y meditativo, como los polos -el de Tobalo y el natural- ejecutados con plenitud de o cio, o la farruca, a la que le saca partido evolutivo un siglo después que la popularizara El Mochuelo, y otros excitantes, tal que las alegrías, en las que evidencia por qué son la fuerza motriz del carácter gaditano; la murciana y levantica del Cojo de Málaga, tan categóricas, y el modo de inmortalizar a la reina Mercedes por bulerías.

Detrás de cada paisaje sonoro hay, obviamente, un altí- simo nivel musical y algo más que el a cionado medio no suele desentrañar. Me re ero al sentido del ritmo, los contrastes, la creación de atmósferas, el saber adornarse con prestancia y holgura o el delinear una compleja y cambiante coloratura, rasgos que hacen que el amenco no sea un desierto de arena que cambia de forma modu- lada por el viento del ngimiento, sino que sea un bosque de nuevo clasicismo henchido de particular magia.

Salir airoso de este envite que voces menos talentosas habrían llevado la grabación a la ruina, es como contraer una enfermedad viral que contamina el aire de dignidad cantaora, un virus gestado en la universidad de la tradi- ción que debiera ser contagiado de generación en gene- ración para que así se perpetúe la esencia de una especie amenca sensible, cabal y moderna, que no modernista. Acaso sea porque las modas, tan desnaturalizadas, son epidemias excitantes, pero dañinas y peligrosas.

Manuel MARTÍN MARTÍN

Premio Nacional de Flamencología

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